Los mejores campos de golf de Nueva Zelanda
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Los mejores campos de golf de Nueva Zelanda

Por Carla Carriles··🇬🇧Read in English

Siete campos que explican por qué Nueva Zelanda se ha convertido en uno de los destinos de golf más deseados del mundo: Royal Auckland, Te Arai Links, Kauri Cliffs, Cape Kidnappers, Kinloch, Jack's Point y The Hills.

Nueva Zelanda tiene más de cuatrocientos campos de golf repartidos entre las dos islas, pero el golfista que vuela dieciocho horas desde Europa no viene a jugarlos todos. Viene a jugar siete, quizá ocho, y vuelve diciendo que ha visto algo que no existe en Escocia, ni en Irlanda, ni en California. La diferencia no está en el diseño —hay campos mejores diseñados en otros lugares— sino en la escala. En Nueva Zelanda el campo ocupa una fracción del paisaje, y el paisaje ocupa el resto. Un tee box sobre un acantilado de trescientos metros, un green colgado entre helechos gigantes, un fairway que desemboca en una playa desierta. Es esa desproporción entre la obra humana y la naturaleza la que convierte una ronda aquí en algo distinto.

Los siguientes campos forman el núcleo duro de cualquier itinerario de golf serio en el país. Están construidos por algunos de los mejores arquitectos vivos —Tom Doak, Bill Coore, Jack Nicklaus, Tom Doak otra vez— y varios figuran entre los cien mejores del mundo según Golf Digest y Golf Magazine. Pero ninguno de ellos se entiende bien desde una lista: hay que imaginárselos.

Royal Auckland & Grange

Es el primer campo que toca en cualquier viaje que entre por Auckland, y funciona como aterrizaje suave. Rediseñado por Nicklaus Design y reabierto tras varios años de obras, ofrece veintisiete hoyos con fairways cubiertos de arena y greens con tecnología SubAir, lo que permite jugarlo en condiciones impecables casi todo el año. No tiene la épica paisajística de lo que vendrá después, pero es una pieza técnicamente exigente y de una calidad constructiva que marca el estándar de lo que Nueva Zelanda ha decidido ser en golf. El jugador que lo empieza pensando que es un campo urbano de calentamiento termina entendiendo que ya está en otro país.

A dos horas al norte de Auckland, sobre un tramo de dunas costeras que parece arrancado de la costa este de Escocia, se encuentra Te Arai Links. Son dos campos hermanos, con dos almas distintas. El South Course, diseñado por Bill Coore y Ben Crenshaw y abierto en octubre de 2022, ocupa el acantilado: dieciséis de sus dieciocho hoyos tienen vista al Pacífico y ocho rozan literalmente el mar. Es el campo más fotografiado del país y, hoy por hoy, uno de los links más limpios y sobrios que se pueden jugar en el hemisferio sur.

El North Course, firmado por Tom Doak y abierto en octubre de 2023, juega al contrario: entra y sale del océano, pero pasa la mayor parte del recorrido en el interior, entre pinos, dunas secas y greens de geometrías imposibles. Doak estuvo dos meses en la obra manejando él mismo la excavadora, dando forma personalmente a los greens cuatro y siete, los dos más comentados del campo. Es un campo que frustra en la primera vuelta y fascina en la tercera. Los dos, por cierto, se juegan caminando. No hay carts. No hay zapatos con tacos. Es parte de la filosofía.

Kauri Cliffs

En la Bahía de las Islas, sobre una antigua granja ovejera asomada al Pacífico, el par 72 de David Harman —construido sobre 4.500 acres de acantilados, bosques y pastos— ocupa el puesto veintiséis del ranking mundial de Golf Digest 2024-2025. Quince de sus dieciocho hoyos miran al mar, y seis bordean directamente los acantilados que caen al Pacífico cientos de metros más abajo. La ronda empieza tierra adentro, entre valles subtropicales y helechos gigantes, y se va abriendo poco a poco hacia la costa. El hoyo siete, el catorce y el quince son, probablemente, tres de las vistas más completas de todo el golf mundial. Harman murió en 2004, pocos años después de terminar el proyecto. Este fue, sin discusión, su mejor trabajo.

Cape Kidnappers

Setecientos kilómetros al sur de Kauri Cliffs, en Hawkes Bay, Tom Doak hizo algo que sigue pareciendo físicamente improbable: trazar un campo de golf sobre una serie de espolones de tierra que se adentran en el mar como dedos. Cape Kidnappers está construido sobre una finca ganadera de 6.000 acres, con fairways suspendidos a ciento cuarenta metros sobre el Pacífico. El hoyo quince, un par cinco apodado Pirate's Plank, es el hoyo del que todo el mundo habla: una calle estrecha que avanza sobre un promontorio rodeado de vacío por ambos lados. Entre Kauri Cliffs y Cape Kidnappers, comparten panorama, arquitecto en el espíritu y una ambición común: convertir a Nueva Zelanda en destino obligatorio para el golfista que ya ha jugado todo lo demás.

Kinloch

A orillas del lago Taupo, en el centro de la Isla Norte, Jack Nicklaus diseñó su único campo-firma de Nueva Zelanda. Kinloch es técnica pura: fairways ondulados, bunkers profundos, greens rápidos que premian el juego corto. Nicklaus lo concibió como un links interior, con vistas al lago más grande del país —un volcán dormido lleno de agua cristalina— y a la cordillera central de la isla. No tiene el espectáculo costero de los campos del norte, pero compensa con un trazado mucho más exigente desde el tee. El jugador que sale a Kinloch pensando que le será fácil por ser interior se lleva la lección más pronto que tarde.

Jack's Point

Seiscientos kilómetros al sur, ya en Isla Sur, Jack's Point aparece al borde del lago Wakatipu con las Remarkables de fondo —una cordillera que se levanta más de dos mil metros en vertical sobre el agua—. Es, posiblemente, el campo con la postal más inmediata del país. John Darby lo trazó siguiendo el terreno natural: pastos nativos, afloramientos de roca, bosques bajos, y el lago entrando y saliendo del paisaje a cada hoyo. Se juega desde cinco posiciones de tee distintas, lo que lo hace accesible a todos los niveles. En Queenstown, jugar aquí antes del almuerzo y acabar el día tomando algo en el pueblo se ha convertido en una rutina que los viajeros repiten con gusto.

The Hills

A veinte minutos de Queenstown, The Hills es un campo privado —propiedad de Sir Michael Hill, fundador de la joyería neozelandesa del mismo nombre— y durante varios años albergó el New Zealand Open. Darby Partners lo diseñó sobre quinientos acres de valle glaciar, con calles que atraviesan pastos nativos, humedales y tramos de bosque. Lo que distingue a The Hills del resto no es solo el trazado: es el parque de esculturas contemporáneas que salpica el recorrido. Piezas monumentales firmadas por artistas australianos, neozelandeses y, más recientemente, chinos, colocadas junto a tees, a un lado del fairway, detrás de un green. Se juega con una sensación rara, a medio camino entre el campo y el museo al aire libre. Requiere introducción —no se accede libremente— pero para el jugador al que le interese el cruce entre deporte, arquitectura y arte, es el único campo de su clase en el país.

Y un hoyo que no existe en ningún mapa

En lo alto de los Alpes del Sur, a 4.500 pies de altura sobre Queenstown, hay un par tres con cuatro tee boxes y un solo green. No figura en ningún ranking porque no es un campo: es un hoyo. Se accede únicamente en helicóptero con Over The Top, el operador local que mantiene el green como una plataforma en medio de la nada. Se aterriza, se juega el hoyo, se celebra o se lamenta lo que haya ocurrido, y se vuelve a Queenstown a tiempo para cenar. Es una excentricidad, sin duda. Pero resume bastante bien lo que Nueva Zelanda ha entendido del golf de lujo: que el hoyo, al final, es una excusa para el paisaje.

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Las imágenes que acompañan este artículo son obra de Jacob Sjöman, fotógrafo de golf internacional con proyectos en los cinco continentes. Su trabajo ha aparecido en publicaciones como Golf Magazine y su lente ha capturado algunos de los campos más icónicos del mundo, desde Nueva Zelanda hasta Escandinavia. Sjöman no fotografía campos — fotografía la luz, el silencio y la escala de los paisajes donde el golf encuentra su mejor versión.


Jugar estos siete campos en un solo viaje no es una cuestión de logística —es una cuestión de criterio—. Nueva Zelanda no se cruza en línea recta y los traslados entre campos suelen hacerse en avioneta o helicóptero, no por carretera. Diseñar bien el orden, los ritmos y los lodges donde se duerme entre rondas es, en última instancia, lo que separa un buen viaje de golf de una experiencia que se recuerda toda la vida.

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